Conozco a una mujer
que desde muy joven creía en la idea de que se podía vivir en contacto con la
naturaleza, cultivando la tierra para obtener de ella el alimento, creando con
las manos todo aquello que necesitase. A ella no la educaron para creer en eso,
más bien en todo lo contrario…le querían hacer creer lo típico de que para
vivir bien y ser feliz hay que sacrificarse y estudiar para tener un buen
trabajo. Pero en su corazón llevaba arte, creatividad, pasión por la Vida.
Desde niña sabía transformar un día gris del internado de monjas donde pasó su
infancia en un espectáculo de danza, y podía ver en todas las situaciones la
otra cara de la moneda. Siempre sacaba las mejores notas en el colegio pero,
aunque no la dejaron, quiso estudiar en la escuela de artes. Vivía en casa de una madre víctima de sus miedos y
su padre estaba lejos y con problemas de salud, así se fue de casa muy joven. Unos años después
alguien le habló de una tierra dónde su gente era amable y cariñosa, igual que su clima.
Poco después navegaba rumbo a esa isla con una amiga embarazada de ocho meses y
cien liras en el bolsillo, aunque su verdadero sueño era ir a Sudamérica y
vivir con las tribus del Amazonas. Allí en La Palma tardaron algún tiempo en
encontrar un lugar dónde instalarse.
-Nos han dicho que
por aquí podremos encontrar algún lugar donde vivir “siñore”, ¿sabe usted de alguna casa o cueva
que podríamos arreglar? -preguntaba a los isleños con su acento italiano.
-No mi niña, por aquí
no hay nada.-respondían casi siempre.
Quizás podríamos
pensar que por su aspecto hippie veinteañera los campesinos isleños podrían
tomarla poco en serio, pero no, a ella nunca la miraron mal por su aspecto y a pesar
de vestir ropas gastadas, de muchos colores, siempre iba limpia, además creo
que hace treinta y pico años esos campesinos tenían menos prejuicios que la
mayoría de la gente de hoy en día, y cuando miraban a esa joven veían su
fuerza, sus ganas, su ilusión y su confianza, más que la ropa o los zapatos que
llevaba.
Al final un campesino
les indicó dónde había una cueva donde podían vivir.
Ella trabajó por dos
para arreglar la cueva antes de que naciera el bebé que su amiga llevaba en la
panza. No tenían dinero pero no les faltaba la comida. Por las mañanas subía la
cuesta que les separaba del caserío para ayudar a Doña Carmensa y Don Serafín a
hacer el queso y cogerle la comida a las cabras y ellos les daban el suero para
hacer requesón, o un quilito de gofio o harina. De vez en cuando una lata de
aceite o unas pesetas. Y lo mismo hacía con otros campesinos…ella les ayudaba
con sus quehaceres en el campo y ellos le daban algo de lo que cosechaban de la
tierra.
Un día por noviembre
su amiga se puso de parto. Puso a hervir agua en el fuego de leña que tenían en
la cueva y subió la cuesta corriendo todo lo que podía para avisar a una mujer
que había atendido varios partos por la zona.
-Naada, tranquila…aún
quedan horas, si hace un rato que empezó con las contracciones…yo bajo más
tarde.
Cuando llegó de
vuelta a la cueva las contracciones parecía que se habían acelerado…
-Mira un pó…que me parece que el bambino va a llegar…le dijo la amiga…y
cuando fue a mirar…ya estaba ahí la cabeza!!
Serenamente ayudó a
salir la cabecita de la niña, y al ver que llevaba el cordón umbilical
enrollado en el cuello, por instinto se lo sacó con el dedo.
Ella siempre ha sido
una mujer que en situaciones delicadas, lejos de agitarse o entrar en pánico,
tomaba perspectiva y actuaba con calma y consciencia, a veces más por instinto
que por conocimiento.
Cuando el padre de
aquella niña llegó al lugar, cambió el ambiente que se vivía allí, y fue
entonces cuando decidió coger un ferry hacia Gran Canaria, para conocer una
playa salvaje y paradisíaca llamada Güi-Güi que un amigo le quería enseñar, y,
quizás desde el puerto de Las Palmas encontrara también algún velero rumbo a
Sudamérica.
Esta mujer de la que
les hablo ni se había leído veinte libros de autoayuda ni había ido a
conferencias de ningún coach ni visto videos de ellos en youtube, pero
vivía más que nadie que conozco en el “aquí y el ahora”. Cuando una situación o
una persona dejaba de sintonizar con ella sabía dejarla ir. Gritaba y pataleaba
un rato, como ella dice, y ahí se terminaba el drama. Se sentía libre. Feliz y
unida a la naturaleza que la rodeaba.
Llegó a Guguy por la
noche y perdida por el barranco…el amigo que la llevó resultó no ser muy buen
guía…cuando amaneció después de pasar la noche semi-sentada en algún lugar del
barranco de Guguy Grande la grandiosidad de aquellas montañas la sobrecogieron.
Y cuando llegó a la playa se enamoró de ella…o quizás fue todo Guguy quien se
enamoró de esa muchacha…
Según la forma de ver
de la mayoría de la gente llevaba una vida dura e incierta. Varias veces al mes
iba al mercado de Vegueta en Las Palmas, ayudaba a los vendedores a recoger los
puestos cuando cerraban y ellos le daban la fruta y la verdura que iban a
tirar, y ella con tres o cuatro cajas llenas, cargadas en la cabeza, hacia dedo
o caminaba para volver hasta Tasartico, donde tenía al pie del camino que iba
de Tasartico a Guguy una olla y un sitio para hacer un fuego y hacer mermelada
con la fruta y conserva con las verduras y, así se lo llevaba todo para Guguy
en los frascos de cristal que conseguía. Ella, más que ver todo aquello como un
trabajo costoso y un trayecto larguísimo por media isla para conseguir nada más
que unos cuantos frascos de mermelada o unas verduras medias pochas, lo veía
como una aventura por aquella preciosa isla. Disfrutaba de los paisajes, de la
gente, y de su propia compañía.
En ocasiones ayudaba
a sacar el trasmallo a los pescadores de Tasarte o de la Aldea que iban a la
playa de Guguy a hacer su captura y ellos le daban pescado. En esa época las
mujeres no ayudaban en esas tareas. Los trasmallos eran pesados y las redes en
ocasiones quemaban las manos.
Una vez con un dinero
que ganó vendiendo artesanía que hacía con cuero compró un saco de harina, y en
el horno de piedra que había en una casa abandonada a media hora de camino de donde
ella vivía empezó a hacer pan. Con un cesto en la cabeza lo llevaba a la playa
y lo vendía a los visitantes que iban a pasar el día o a otras familias que
vivían allí, y así recuperaba la inversión y tenía pan para ella.
Para ella todo
aquello era una aventura, un juego con el que se divertía…al fin y al cabo
estaba viviendo el tipo de vida en el que ella creía…
Podría seguir
contándoles hazañas, experiencias y logros de los que hacía y aún hace cada
día, pero hoy he querido hablar sobre ella porque últimamente más que nunca
resuenan en mi interior las palabras que ella me ha dicho. Que no hay nada
imposible. Y ella lo ha demostrado. Que sólo hay que encontrar la fuerza dentro
de uno mismo, y creer. Y sí, eso lo dicen en muchos libros, pero cuando
lo ves hecho realidad en el día de alguien, cuando te lo dicen con tanta
sencillez y humildad como si se tratase de lo más evidente del mundo…lo ves
diferente…el problema es que la mayoría ni siquiera sabemos que es lo que
queremos realmente, y andamos por la vida como con los ojos vendados, sin saber
ni siquiera para que ni porqué hacemos lo que hacemos o estamos dónde estamos.
Hoy doy gracias
porque esa mujer es mi madre, y ella, junto a mi padre, me permitió vivir otra
realidad, y si la valentía consiste en ser feliz haciendo lo que uno quiere, yo
también quiero ser valiente.